Más diagnósticos de autismo: lo que revelan quince años de datos en Nueva Zelanda
Un equipo de la Universidad de Otago revisó los registros nacionales de salud y discapacidad entre 2009 y 2023. Te contamos qué cambió, qué explicaciones se barajan y por qué importa a las familias.

Quizá lo has notado en la sala de espera, en el colegio o en tu propia familia: el autismo aparece hoy en conversaciones donde hace unos años casi no se nombraba. Cada vez más niñas y niños reciben un diagnóstico, y también personas adultas que llegan a él tras toda una vida sintiéndose distintas sin entender por qué. ¿Se trata de un aumento real o de una mirada que por fin sabe reconocerlo? Un estudio neozelandés publicado este año aporta datos sólidos para pensar esa pregunta con calma.
Qué estudiaron
Ben Beaglehole, Gordon Lu y Chris Frampton, de la Universidad de Otago y del servicio público de salud del país (Health New Zealand – Te Whatu Ora), reunieron tres grandes bases nacionales: la de salud mental especializada, la de altas hospitalarias y Socrates, el sistema que determina quién accede a los apoyos por discapacidad. Buscaron a toda persona con diagnóstico de autismo anotado entre 2009 y 2023 y, si alguien figuraba en más de una base, lo contaron una sola vez.
Para que el crecimiento de la población no distorsionara las cifras, calcularon tasas por cada 100.000 habitantes con la información oficial de Stats NZ. Separaron a menores de 18 años y adultos, compararon por género, origen étnico y nivel de privación económica del barrio, y siguieron año a año a quién se incorporaba por primera vez.
Conviene entender qué tipo de trabajo es: no examinó a nadie ni buscó causas. Contó lo que quedó escrito en los registros públicos, lo que le da una gran escala y también límites, que veremos más abajo.
Qué encontraron
En total, 30.882 personas figuraron con un diagnóstico de autismo durante esos quince años. La gran mayoría, un 81 %, aparecía en Socrates; el 84 % era menor de edad y alrededor de una cuarta parte, mujeres.
La cifra principal es el ritmo de crecimiento. En la infancia y la adolescencia, la proporción pasó de 389 por cada 100.000 habitantes en 2009 a 1.312 en 2023, es decir, del 0,4 % al 1,3 %. Entre los adultos subió de 39,6 a 135,3 en la misma escala, hasta el 0,14 %. En ambos grupos, más del triple.
Las incorporaciones nuevas siguieron la misma curva: se triplicaron entre 2012 y 2023, con una pausa entre 2018 y 2021. La edad media al recibir el diagnóstico bajó de 14,2 a 11,2 años, y el peso de quienes aún no cumplían cinco creció del 23 % al 28 %. Aun así, quienes lo recibieron ya en la adultez fueron más del doble al final del periodo.
Hubo además tres cambios llamativos:
- La brecha entre géneros se acorta. Los varones siguen siendo mayoría, pero entre las mujeres el aumento fue de cuatro veces (de 49,6 a 208,3 por cada 100.000), frente a tres en ellos (de 209 a 592).
- El pueblo maorí pasó de tener tasas menores a tenerlas mayores. En 2009 registraba 108 por cada 100.000, frente a 132 en el resto de la población; en 2023, 521 contra 376. Su cifra se multiplicó casi por cinco.
- Mayor presencia en los barrios con menos recursos. El 22,2 % de las personas identificadas vivía en las zonas más desfavorecidas, y el 17,8 %, en las acomodadas.
¿Por qué ocurre? Con estos datos no es posible saberlo, y los autores lo reconocen. Repasan las explicaciones que maneja la literatura científica: criterios más amplios desde 2013, mayor conciencia entre familias y profesionales, servicios mejor dotados y apoyos que solo se obtienen con un diagnóstico. En Australia, según un trabajo reciente que citan, la llegada de un sistema nacional de financiación de la discapacidad elevó la prevalencia del autismo en un 32 %. Mencionan también la posibilidad de confusiones con otras condiciones, como el TDAH o la ansiedad, y de umbrales que se rebajan. Su hipótesis final apunta a una mezcla de factores sociales y ambientales, no a cambios genéticos. Y recuerdan que la evidencia descarta de forma abrumadora cualquier vínculo con las vacunas.
Lo que todavía no se sabe
El propio artículo detalla sus límites:
- Falta buena parte de la población adulta. Solo se contaron los diagnósticos anotados en servicios públicos especializados, hospitales y apoyos por discapacidad; quedan fuera la atención primaria y la consulta privada. Por eso esa cifra (0,14 %) está muy por debajo del 1 % que estimó en Inglaterra una encuesta casa por casa. Muchas personas autistas mayores de edad nunca figuran en estos registros.
- No dicen cuánto apoyo necesita cada quien. Las bases no recogen ese dato, así que no permiten saber si el aumento se concentra en perfiles con menos necesidades de acompañamiento.
- No explican causas. Ninguna de las fuentes contiene información sobre el origen del autismo, de modo que cualquier explicación del crecimiento es, por ahora, una hipótesis.
- No miran otras condiciones a la vez. Tampoco analizaron si, por ejemplo, el aumento coincide con una baja en otros diagnósticos, lo que cambiaría la lectura de las cifras.
Lo que sí dejan claro es que el reconocimiento del autismo crece en todas las edades y, en Nueva Zelanda, sin señales de estabilizarse. Los autores piden preparar mejor a los servicios, sobre todo los dirigidos a adultos, donde la experiencia en este campo ha sido escasa.
Qué podemos llevar a casa
- Un diagnóstico es información, no una sentencia. Llegue en la infancia o en la adultez, sirve para comprender cómo percibe, siente y aprende una persona. Las cifras crecen, en buena parte, porque hoy sabemos mirar mejor, y eso permite acompañar antes y con más respeto.
- Observa y anota lo que ocurre en casa. El estudio recuerda que un buen diagnóstico necesita varias fuentes y una mirada sostenida en el tiempo. Lo que apuntes sobre cómo se comunica, juega o responde a los ruidos tu hijo o hija será valioso para cualquier especialista. Pon fecha a cada entrada y describe la escena concreta.
- No esperes una etiqueta para empezar. Mientras llega la cita con especialistas, o aunque la confirmación nunca llegue, puedes acompañar el desarrollo desde hoy: rutinas previsibles, tiempo de juego compartido y momentos breves para practicar lo que está en proceso. Y si al leer sobre autismo reconoces rasgos en ti o en otro adulto de la familia, este estudio muestra que nunca es tarde para comprenderse.
El paso siguiente: acompaña su nivel real con TAEO | EdTech
Este trabajo deja una lección que compartimos: el autismo se reconoce cada vez más y a cualquier edad, y quien lo vive llega con su propia combinación de fortalezas y desafíos. Por eso en TAEO | EdTech no partimos de una etiqueta, sino de lo que tu hijo ya hace. Las actividades son las mismas con o sin diagnóstico; lo que cambia es el camino, que traza el Perfil de habilidades y competencias a partir de lo que observa en los ocho aspectos.
Tampoco ponemos límite de edad: la plataforma sigue el nivel de desarrollo, no los años. Una niña, un adolescente o una persona joven pueden recorrer así la ruta que les corresponde, en casa y a su ritmo.
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